Podríamos definir los comienzos del Siglo XXI como el colapso de las innumerables contradicciones que arrastra, como una pesada carga, la Modernidad; aquella época en la que el individuo y las sociedades se proponían metas de progreso y miraban hacia un futuro siempre mejor. Fue sobre todo a partir de los ochenta del pasado siglo cuando pensadores como Lyotard o Baudrillard popularizaron el término Posmodernidad para referirse a la época del desencanto, de la renuncia a las utopías y del reconocimiento de los límites de las ciencias en cuanto a la generación de conocimiento verdadero, acumulativo y de validez universal.

Inmersos como estamos en la sociedad del espectáculo, los contenidos de los mensajes carecen de la más mínima importancia; no es sino la forma en que se trasmiten y su capacidad de convicción lo relevante. Tanto es así, que desaparece la ideología como forma de elección de los líderes frente a la imagen que proyectan a través de los medios de comunicación. Por su parte, los ‘nativos digitales’ están tan acostumbrados a atender la profusión de mensajes cortos y simultáneos, que no es de extrañar que les cueste cada vez más concentrar su atención en la lectura de un texto riguroso y profundo, ni que los escasos debates se establezcan acerca de opiniones preconcebidas sobre tópicos superficiales, lemas publicitarios sencillos y consignas políticas esquemáticas y engañosas.

Podríamos seguir caracterizando nuestra época ‘tirando’ del catecismo posmoderno: búsqueda de lo inmediato, pérdida de la personalidad individual, culto a la tecnología, emisión y recepción masivas de información contradictoria, relativismo, pérdida de fe en el poder público, despreocupación ante la injusticia, desaparición de idealismos, pérdida de ambición personal, diversión vía internet cuasi permanente, pérdida de intimidad, eclecticismo, proliferación de teorías de la conspiración que tratan de explicar los grandes problemas económicos, políticos, sociales, religiosos y medioambientales, etc., etc.

¿Cómo superar el callejón sin salida y el cinismo resultante de la mirada posmoderna? ¿Es siquiera posible?

MemoField se resiste, y tampoco se deja encasillar fácilmente: ¿es una novela? ¿un panfleto político quizá? ¿o más bien un manifiesto artístico? Sí, y no; y también. El impulso hacia la experimentación, tanto en el fondo como en la forma, ha dado lugar a una peculiar hibridación entre novela de ficción y ensayo. Por otra parte, subyace el reto de un uso lo más sencillo posible del lenguaje, orientado hacia el intento de captar y mantener la atención de públicos muy heterogéneos; de llegar, incluso, a aquellos más jóvenes poco o nada habituados a leer ensayo o filosofía.

El autor utiliza el estilo de la crónica para vertebrar un episodio de ficción muy concreto, donde la realidad se expande hacia sus extremos, y en el que los personajes se debaten entre el idealismo, el conformismo, el punk, el nihilismo, el hedonismo, la solidaridad, el compromiso… y la incapacidad de acción que una educación diseñada para inhibir la libertad les impone. MemoField está narrada en tiempo presente, continuo, en un tiempo que avanza inexorable, que aboca las esperanzas de los protagonistas, de varias generaciones, y de una civilización entera hacia el ‘sumidero de la historia’.

En tiempos de crisis como los que nos toca vivir son imperativos la crítica, la reflexión y el debate, pero estas funciones de la cultura colisionan con la impermeable pantalla creada por la maquinaria de los medios de comunicación de masas y la frivolidad de las redes sociales que nos someten a un embudo binario: ‘me gusta’ versus ‘me es indiferente’. ¿¡¡Y ya!!? También son del todo responsables de esta ausencia de pensamiento crítico el academicismo anclado en principios anacrónicos, las políticas de la simplificación y la mercadotecnica de las grandes editoriales. Y suma, y sigue…

¿Cómo pretender una reflexión mínimamente coherente desde un sistema social, politico y económico que se descompone en su propia fragmentación y acúmulo de contradicciones?

¿Desde qué punto de vista deberíamos abordar la realidad? ¿Desde la del especulador financiero que utiliza la informática y las telecomunicaciones para el lucro personal con independencia de sus consecuencias sociales, o desde la del joven que se ha formado para concurrir a un mercado laboral que ya no existe, y que acude a la red para encontrar una y otra vez las puertas cerradas?

2011 fue el año de la eclosión de la indignación a nivel prácticamente planetario: fenómenos como Wikileaks, Anonimous, la llamada ‘Primavera Árabe’, el 15M, Occupy Wall Street, las hambrunas de África o las manifestaciones en Rusia y China ponen de manifiesto, una y otra vez, las posibilidades de la red de redes para alentar y movilizar a las Sociedades Civiles de países muy distintos entre sí.

Sin duda un hito sin precedentes, e inesperado incluso para los analistas más avezados. ¿Podemos aventurar lo que una herramienta de comunicación como internet nos depara en el futuro inmediato, cuando los gobiernos hacen oídos sordos a las demandas de sus ciudadanos, e incluso legislan para recortar derechos y libertades como respuesta? La paradoja resulta alarmante, desconcertante al menos: dirigentes y legisladores responden con regresión democrática a las demandas de los pueblos de mayor implicación y participación.

MemoField se lanza a la crítica sin ambages de valores y sistemas ya caducos, a rescatar propuestas que quedaron denostadas por la competitividad a ultranza y el beneficio a toda costa, y a proponer nuevas líneas de reflexión, debate y consenso, posibles hoy gracias al desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación. De alguna manera, MemoField quiere ser metáfora de un utópico espacio donde la contracultura campa a sus anchas para diseñar un nuevo y dinámico contrato social, revisable mediante mejoras y versiones sucesivas, al estilo del ‘software libre’.

Como en una receta elaborada, MemoField contiene además su dosis de didáctica. Muchas escenas suceden en un aula, donde un profesor inconformista trata de despertar el espíritu crítico y la libertad de pensamiento entre sus alumnos.

Es completamente una ficción. No existe en la realidad, pero ¿sería tal vez conveniente que sí lo fuera?… ¿Un germen? ¿Un modelo? ¿Necesitamos volver a creer en las utopías? Demasiado ambicioso, sin duda.

MemoField nos sitúa ante el espejo de la gran distopía hacia la que la globalización financiera aboca a las sociedades occidentales que ingenuamente creíamos libres y democráticas. Una reflexión directa, mordaz e insolente acerca de la realidad de una civilización en franca decadencia. ¿Dónde están los artistas, dónde los pensadores, dónde los políticos o los investigadores honestos? ¿Qué lugar queda para la belleza y el amor en un mundo desgarrado por el poder capitalista, ultraliberal y mafioso, que ha anidado en las democracias más avanzadas y cuyo alcance es ya omnímodo y global?

Los cambios de era suponen una sustitución de simbologías y de valores imperantes, pero, sobre todo, de técnicas y de procesos comunicacionales. Si el libro impreso supuso en cierta medida el arranque de la Modernidad, Internet y su uso intensivo, poliédrico y en desarrollo permanente (sites, prensa digital, hipertextos, links, blogs, chats, foros, redes sociales, buscadores, multimedia, educación, campañas políticas, movilizaciones, etc.) nos obliga a ubicarnos justo en la transición hacia un futuro donde con toda seguridad la comunicación ocupará el espacio central civilizador, pero sobre cuyas repercusiones sociales, culturales, políticas y económicas apenas podemos atrevernos a ensayar una mínima prospectiva. Ante el reto que impone esta realidad inquieta y mutante, líquida, como diría Zygmunt Bauman, que desborda con creces el formato del ‘libro tradicional’, MemoField adopta una perspectiva holista; pequeñas narraciones aparentemente independientes conforman una narración mayor, supeditada a su vez a la intención de crear un marco propicio para la reflexión. En este sentido, el texto adolece de rigor y orden académicos. No existe un índice, ni se facilita una brújula más allá de este intento de prólogo a una posible primera edición.

MemoField contiene varias tesis vertebradas por una visión idealista del potencial del Arte y la creatividad para generar nuevos paradigmas de valores, de comunicación y de consenso. El contexto creado mediante el uso de la ficción permite al autor formular los interrogantes más acuciantes de nuestro tiempo; según su criterio: la educación de ciudadanos libres de pensamiento, la transparencia, la comunicación orientada hacia el establecimiento de debates relevantes, y la capacidad creativa del ser humano para proponer soluciones y acciones orientadas hacia el ‘bien común’. Con la red de redes como protagonista principal.

¿Una invocación al más genuino humanismo, en plena era de las telecomunicaciones?

Aunque el estilo híbrido del ensayo pretende hacerlo ameno, no está dirigido ni mucho menos a un lector acomodado. Bien al contrario, su lectura requiere de cierta apertura e implicación. Algunos pasajes o planteamientos pueden resultar sorprendentes, inquietantes incluso. El autor provoca el contraste para reclamar al lector que inicie su propia reflexión, que acuda a la red para documentarse sobre las referencias, que establezca un debate interno sobre sus creencias más arraigadas (que por extensión son las nuestras, las de la inmensa mayoría de ciudadanos de las sociedades occidentales).

Las sociedades que rinden hoy pleitesía y sacrificios al Dios-Mercado olvidaron la luz que alumbró el Renacimiento, la Ilustración o la redacción de los Derechos Humanos. De algún modo, en momentos tan convulsos, la luz del humanismo pide ser rescatada de entre los escombros del gran y abigarrado edificio cuyos cimientos pusimos durante la llamada ‘Revolución Industrial”, y que hoy se desmorona ante nuestra atónita mirada.

Algunas preguntas formuladas en el texto quedan contestadas por el propio autor a través de los personajes y su interacción, desde su exclusivo y subjetivo punto de vista, lo que podría dar lugar a algunos debates; otras muchas, la gran mayoría, quedan abiertas para el debate permanente, pues son y deben seguir siendo responsabilidad de la Sociedad Civil en su conjunto.

Gracias a Libros.com y a un buen número de mecenas, MemoField ya es una realidad.

Nota: ‘Memo Field’ (en castellano ‘Campo de Memoria’) es un concepto de la informática, y se refiere al único espacio de almacenamiento que permite incluir textos extensos y detallados en una base de datos. El resto de ‘campos’ solo pueden contener unidades mínimas de información. ‘MemoField’ es también el nombre de una Obra de Net.art, concebida en 2007 por el autor, y que actualmente se encuentra en fase de desarrollo y búsqueda de financiación para su implementación como plataforma permanente en internet.

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