Hay una cantinela que ha hecho estúpidas a varias generaciones: “todo-por-lo-económico” reza el estribillo grabado a fuego durante los últimos treinta años en todas las mentalidades. La tonadilla contiene consignas del tipo: el sector privado supera en eficacia al público, por lo que el gobierno debe dejar de gobernar; cada cual debe ser libre de tomar sus propias decisiones y es responsable de sus éxitos o sus fracasos; sin riqueza abundante en lo más alto no habría nada que se filtrara hacia abajo, los mercados son eficientes y no necesitan regulación alguna; los ricos lo son porque son más listos, más trabajadores y más emprendedores que el común de los mortales, por lo que no deberían pagar impuestos; el objetivo de toda actividad empresarial es generar mayor beneficio y valor para las acciones de la empresa, etc., etc.

La cantinela ha doblegado al ser humano con conciencia social que despuntaba allá por mayo del 68 y durante las numerosas manifestaciones contra la guerra del Vietnam, y lo ha convertido en una nueva especie totalmente manipulable por las élites globales: el “homo economicus”. Sí. Ese que cree ciegamente en esta verdad de pero-grullo: que la felicidad solo se logra mediante la posesión, que el mercado está movido por el dinero y, por tanto, que el dinero da la felicidad porque permite la posesión. Inútil buscar ninguna otra motivación en la gran mayoría que ha sido adoctrinada en ese círculo estúpido, hipnótico y degradante.

Incalculables cantidades de dinero, influencia y mensajes en los medios han sido invertidos durante las últimas cuatro décadas para conseguir que estas ideas se conviertan en “el sentido común” de nuestro tiempo. Gobiernos enteros han ido siendo comprados para ejecutar los designios de las mafias: “inculcad todo tipo de miedos a vuestros súbditos (terrorismo, inflación, déficit público, guerras preventivas…) y vendednos la riqueza del país a precio de saldo (privatizaciones); solo nosotros sabemos hacer las cosas bien, efectivas, rentables…” Casi puedo escuchar sus voces retumbando en las grandilocuentes salas de las flamantes y respetables instituciones donde reciben a cada gobierno entrante, sea del país que sea, sea del color que sea, y que acude postrado a adorar la potencia absoluta de los Dioses materializados en “ellos”, los ejemplares, los elegidos por la implacable y certera selección natural.

Extracto del Manifiesto de Jeff Black. MemoField.

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