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La novela transcurre en un lapso de tiempo muy concreto: entre el 18 de mayo y el 22 de diciembre de 2012. El contexto para los personajes es el de una crisis económica y social sin precedentes: absoluta falta de oportunidades en un mundo hiperinformado e hiperconectado.

Sara está al borde de la depresión, como sus padres, como su novio, y como la mayoría de los habitantes de Valencia, la ciudad en la que habita.

Las consecuencias de la corrupción política y financiera dibujan un marco muy limitado para las libertades. Sara puede, efectivamente, ir tirando; pero su personalidad, de naturaleza jovial y creativa, está siendo sustituida por una versión domesticada de sí misma. Un miedo ubicuo y difuso se ha instalado en sus huesos. Mientras tanto, la televisión y los medios, día tras día, continúan vomitando un amplio y surtido catálogo de amenazas.

Nada nuevo por otro lado. Muchos nos podemos sentir hoy, 28 de enero de 2012, más que identificados con ella. Pero algo está sucediendo en la facultad de bellas artes, a donde se dirige todos los días para tratar de llenar el vacío del paro al que se vio arrastrada desde el comienzo de la crisis. Parece que existen personas, como Marc, su profesor de historia del arte, capaces de sobrevolar la situación, de cuestionar el sistema económico y social imperante, de poner cara a los responsables del hundimiento de nuestra civilización y de diseñar, junto a otros inconformistas como él y repartidos por todo el mundo, un nuevo contrato social basado en la razón. Una especie de renacimiento ilustrado.

Sara sigue inquieta, aún tiene miedo, su ojos se abren de repente en mitad de la noche como resortes de su ansiedad, pero… tal vez haya encontrado un hilo de esperanza.

¿Debería, como si de una Ariadna contemporánea se tratase, seguir tirando de él?

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